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El salto moderno. Sobre Lambchop y su nuevo disco, "FLOTUS"

A mediados de 2016 Lambchop dio a conocer “The Hustle”, el adelanto de su duodécimo disco FLOTUS. Hasta ese momento, parecía que las búsquedas musicales del grupo de Nashville ya estaban asentadas para siempre. Desde sus inicios bajo el nombre Posterchild, a mediados de los ochenta, el estilo del ahora septeto -el número de miembros de la banda cambia constantemente- había partido de esa etiqueta vasta conocida como “country alternativo” para terminar disparando hacia una infinidad de lugares. Exceptuando el desprolijo debut I Hope You're Sitting Down (1994), el trabajo que más se acerca a un espíritu de los tiempos noventero, el desarrollo estético de Lambchop venía bebiendo en igual medida del folk, el soul y el pop de cámara. Mientras las búsquedas compositivas del cantante y guitarrista Kurt Wagner son intimistas y sensibles, los arreglos siempre fueron eclécticos y variables en cantidad de intérpretes e instrumentos.

Dar un pantallazo general de la obra de Lambchop es, justamente por ese eclecticismo, complicado. Más complicado todavía es intentar explicar por qué, más allá de esos movimientos constantes, se trata de una banda personal, en la que es fácil encontrar familiaridad y calidez. Y, sobre todo, por qué hasta la edición de FLOTUS (siglas asociadas a First Lady Of The United States, pero que acá también significan For Love Often Turns Us Still, o Porque el amor con frecuencia nos paraliza) uno sabía más o menos qué esperar de un disco de Lambchop. Lo recurrente era el derrotismo, la melancolía, la mixtura orgánica entre instrumentos acústicos y eléctricos, y una sorprendente capacidad para jugar con el aire y los silencios, más allá de que en los arreglos se colaran percusiones, cuerdas, vientos o sintetizadores. Un ejemplo: en “D. Scott Parsley”, canción señera de Is a Woman (2002), la composición gana potencia a medida que se suman instrumentos (xilofón, sintes, piano eléctrico, batería) en una mutación sutil, un crescendo sin tensiones ni forzamientos. Lambchop es, casi siempre, eso: una banda inquieta de muchas pieles que es, también, cálida y amable como una estufa a leña.

“The Hustle” y, algunos meses después, FLOTUS, fueron un quiebre significativo. Podría arriesgarme más y decir, con buenas razones, que fueron el quiebre en la discografía de Lambchop, la confirmación de que Wagner y sus acompañantes eran capaces de jugar una carta completamente distinta. “The Hustle” dura más de 18 minutos y, antes de que la voz entre en escena, podemos escuchar una percusión programada reiterativa sobre la cual se elevan arreglos sutiles de piano, sintetizador y clarinete. Lo más impactante es la base electrónica, una novedad que automáticamente despega a la banda de las referencias al alt-country, a la música folk o al soul que aparecían con regularidad. Acá predomina el trance, algo inusual en una banda que casi siempre (tal vez las mayores excepciones sean una aventura gótica y abstracta de 1997 llamada Thriller y los instrumentales del doble Aw C'mon / No You C'mon) apostó a las canciones redondas y perfectas. El terreno conocido aparece cuando pasado el minuto cinco Wagner dice con convicción “No quiero dejarte nunca / Y eso es mucho, mucho tiempo” (“I don't want to leave you ever / And that's a long, long time”).

FLOTUS es, desde el título, un disco de amor dedicado a Mary Mancini, esposa de Wagner y actual presidenta del Partido Demócrata de Tennessee. El origen de su sonido es peculiar: Wagner, cansado de que sus seres queridos no escucharan su propia música, se propuso grabar un álbum que pudiera ser disfrutado por su esposa: “pensé 'me encantaría estar en su lista de reproducción', aparecer en su teléfono. Esa fue una gran motivación”, le dijo en octubre al diario The Guardian. Para eso, qué mejor que tomar ideas de algunos de los grandes referentes de la música pop contemporánea: Kanye West y Kendrick Lamar fueron, en palabras del compositor, las influencias principales. El resultado está, sin embargo, más cerca de los climas acolchados y grisáceos que la banda había explorado en el hermoso predecesor Mr. M (2012). Aunque, claro, por aquellos días había instrumentos acústicos y arreglos de cuerdas y nadie jamás hubiera sospechado este desenlace de Vocoder y Auto-Tune.

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Los primeros minutos del disco recorren un terreno más o menos conocido: “In Care of 8675309” (referencia a “867-5309/Jenny”, el hit de 1980 de Tommy Tutone), una dulzura minimalista y antiépica de casi doce minutos, presenta una instrumentación típica de Lambchop: guitarra, bajo, batería, piano eléctrico y teclados. A medida que la canción se desarrolla se hacen más y más palpables distorsiones en la voz de Wagner y en la batería de Scott Martin. La distorsión no genera incomodidad -los Lambchop nunca fueron muy amigos de las tensiones-, sino que refuerza un clima ligeramente onírico, melancólico. Como en muchas letras de Wagner, el tema es la comunicación y el tono es reflexivo. Cuando habla de “la casa de cáncer”, expresión repetida varias veces durante la canción, una de las referencias inmediatas es la enfermedad que tuvo el cantante hace algunos años. “Entonces vamos a quedarnos ahí para conectarnos / Todos nuestros poderes son meramente humanos” (“We'll stand there to connect, then / All our powers are merely human”), dice en los primeros minutos. Como las notas dispersas del piano de Tony Crow, el narrador es consciente de su fragilidad.

Si bien no todas las canciones de FLOTUS tienen la carga emocional de “In Care of 8675309”, las mayores novedades aparecen después, cuando las experimentaciones electrónicas cobran más presencia y la voz de Wagner se diluye, deforma y multiplica de formas impensadas. A partir de “Directions to the Can”, la segunda canción del disco, y hasta el final con “The Hustle”, las composiciones parecen construidas desde las exploraciones de sintetizadores y Vocoder: dentro de la abstracción general, cada instrumento aporta pequeños leitmotivs pegadizos (los coros de “Directions to the Can”, las voces sampleadas y la guitarra de “Relatives #2”, el teclado de “NIV”), y así se van armando composiciones memorables en torno a texturas collage. FLOTUS es un disco tan detallista en sus texturas que parece hermano del ya nombrado Is a Woman. La diferencia principal esque, mientras en el disco de 2002 las texturas eran orgánicas y limpias, acá los ritmos de bases sintetizadas y programaciones de batería son mucho más pronunciados.

Al igual que Is a Woman y Mr. M, FLOTUS tiene un tono homogéneo, y algunas piezas funcionan mejor en el conjunto que por separado. Haciendo una ligera revisión de la discografía de la banda, me da la impresión de que se sienten más cómodos cuando la búsqueda no está en los cambios rítmicos o estilísticos de canción a canción, sino en los matices y detalles de cada una. En What Another Man Spills (1998), considerado uno de sus mejores trabajos por gran parte de la crítica, la banda pasaba con facilidad de un alt-country con steel guitar como “The Saturday Option” a un cover con aire cumbiero de “Give Me Your Love (Love Song)” de Curtis Mayfield. En Is a Woman, por el contrario, recién había una variación de tono en los últimos minutos del último tema: en un quiebre inesperado, se introducía un ritmo reggae que cerraba al disco en clave ligeramente optimista. Podríamos circunscribir a FLOTUS dentro de esta línea de discos contemplativos. El propio Wagner parece consciente del carácter estático de su nuevo trabajo cuando, en la apertura de “Writer”, dice “Una vez hubo un escritor, ahora un lector (…) / Una vez hubo un hacedor, ahora un repetidor (…) / El posesor está siendo poseído” (“Once there was a writer, now a reader (…) / Once there was a maker, now repeater (…) / The possessor's being possessed”).

Existen muchos Lambchop (muchos Kurt Wagner también: la discografía del cantante se completa con un par de discos solistas y un proyecto alternativo llamado HeCTA, muy diferente a su banda principal), y todos juegan en los bordes: demasiado ajenos al punk y sus ramificaciones como para estar a tono con el rock indie, a través de su discografía se fueron consolidando como una banda-esponja, que absorbe influencias disímiles para ir construyendo un sonido propio. Ahora, a ese sonido propio hay que sumarle las líneas de bajo hipnóticas de “Old Masters” y los vientos marcianos, sintetizadísimos, de “Harbor Country”. El 2016 presentó, también, dos novedades audiovisuales en el universo de la banda: el videoclip de “NIV” es un corto de 7 minutos y medio dirigido por Elise Tyler, que retrata a sus personajes con ternura y hace acordar a las primeras películas de David Gordon Green. “The Hustle”, por su parte, musicalizaThe Dockworker's Dream, el nuevo cortometraje del cineasta experimental Bill Morrison, realizado íntegramente con material de archivo de la Cinemateca Portuguesa. Tal vez FLOTUS no sea el disco ideal para entrar en la obra de Lambchop, pero eso no es importante: lo fundamental es que demuestra que pueden mantener una coherencia emocional en medio del riesgo y los timonazos. Es también un disco etéreo y sutil, que parece sostenerse en el aire, flotando. Y, por qué no, ese podría ser un tercer significado -esta vez involuntario- de su título.

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