Columnas

Porteño, místico y barroco. A veinte años de Fabulosos Calavera, de Los Fabulosos Cadillacs

I

Indio, revoluciona

arrasa el barrio

como una bomba

Empecé a escuchar a Los Fabulosos Cadillacs en el año 2000, si mal no recuerdo. Tenía trece años y había ido a pasar unos días a la casa de mis tíos maternos, en Coronel Pringles. Tres años atrás había fallecido mi abuelo y, con cierta regularidad, viajábamos a Pringles con mi abuela y mi hermano. En uno de esos viajes fui a una disquería (¿la única de la ciudad, tal vez?) y compré La marcha del golazo solitario, que se había editado hacía poco y del cual sólo conocía una canción llamada “La vida”, que no me llamaba demasiado la atención. Mi educación musical, en esa época, pasaba casi exclusivamente por la revista Rolling Stone. Con frecuencia me compraba discos sin tener demasiada idea del contenido, confiando en el criterio del crítico de turno. No siempre me gustaba lo que compraba, pero consideraba que valía la pena el riesgo. Así se iría definiendo, para bien o para mal, mi formación musical.

Era mediodía y en el comedor de la casa de mis tíos estaba prendido el televisor. En el noticiero, un fanático de Blur explicaba por qué era la mejor banda de Inglaterra -o sea, del mundo-, fascinado por haber conseguido una entrada para la presentación de 13 en Argentina. Mientras escuchaba a ese pibe de veintitantos ya convencido de sus gustos musicales, yo chusmeaba el librito interno de La marcha..., monocromático y sutil. Al principio me costó entenderlo. Distinguía entre temas tranquilos y medio aburridos, y otros más rockeros, que coincidían un poco más con mis gustos de la época. Durante los meses siguientes me costó entender por qué habían elegido como simples a “C.J.” y “Los condenaditos”, y no a otras canciones que consideraba mucho más entretenidas.

De cualquier manera el disco me gustaba, y había escuchado por ahí que el trabajo anterior, Fabulosos Calavera, era igual de bueno o mejor. La tapa era más oscura, y eso me atraía. Sin embargo, había un problema: me había enterado de que la primera edición había sido en cajita de cartón y yo en todas partes lo encontraba en cajita de acrílico. Imposible: la edición en cajita de cartón debía ser mucho más linda, y tenía que conseguirla.

En el verano 2001-2002, como todas las vacaciones de aquellos años, fuimos a San Clemente del Tuyú. Mi familia tenía dos departamentos en el edificio Santos Vega y durante un mes entero les sacábamos todo el jugo posible. Siempre aprovechábamos uno o dos días del breve enero para visitar otras ciudades de la Costa. En algunas, como San Bernardo o Santa Teresita, había más disquerías que en San Clemente. En la vidriera de una disquería chiquita de Santa Teresita llegué a ver Fabulosos Calavera. De entrada, por pura costumbre, me pareció que era la edición de acrílico. Pero no, no era. Vi el precio, entré y le dije a la señora que atendía que me lo quería llevar. No había reparado en que la etiqueta con el precio estaba pegada encima de la cajita de cartón. Cuando la señora tiró para arrancarla, un pedazo de la caja se fue junto con la etiqueta. Le dije que me había olvidado el dinero en el auto, salí de la disquería y no volví más. Era la primera oportunidad en meses de comprar la edición original y había desaparecido por culpa de una vendedora que le tenía muy poco aprecio a los objetos que vendía.

Yo conocía solamente una canción de Fabulosos Calavera: “Calaveras y diablitos” había sido un hit en radios y canales de televisión y me había topado con ella incontables veces. No tenía ni una pista del resto de las canciones del disco. Pasaron los meses. Compraba CDs con mucha frecuencia, visitaba las disquerías de todas las ciudades que visitaba -y siempre me iba con las manos llenas-, pero ese disco seguía sin aparecer. En La Plata había varias disquerías, y las conocía de memoria. Sin embargo, me había tomado la tarea de averiguar cuáles eran las disquerías de los barrios de la periferia platense y de las ciudades aledañas. Había una o dos en City Bell, una en Los Hornos y dos en Berisso. Fue en Berisso donde finalmente conseguí Fabulosos Calavera. Estaba escondido, perdido en las bateas de una disquería oscura y deprimente, como muchos de los discos más preciados que compré por aquellos años.

II

Las palabras de Florián

fueron tan puras

que lo hicieron levitar

Caso extraño el de Fabulosos Calavera: es un disco que alcanza, al mismo tiempo, un nivel muy alto de desparpajo y de madurez. Es un disco oscuro y feliz, festivo y melancólico, y en esa tensión -que no deja de ser coherente- vibra gran parte de su encanto. Los Cadillacs habían pasado de ser referentes del ska argentino durante los ochenta a líderes indiscutidos de ese fenómeno for export conocido como latin alternative durante los primeros años de la década siguiente. Sin embargo, si bien en sus letras habían empezado a abarcar temas cada vez más importantes (canciones como “Matador” o “Manuel Santillán, el león” hubieran sido impensables en sus primeros álbumes), la banda en sí no había tomado un gran riesgo. Habían cambiado el ska por ritmos caribeños, y ahora lograban satisfacer milímetro a milímetro las demandas de un mercado cultural que pretende que América Latina se autorretrate como un lugar turbio y sanguinoliento, de muerte y pobreza, que sólo logra subsistir gracias al baile (“Carnaval toda la vida”). Rey Azúcar (1995) lograba escapar parcialmente de esas ataduras, aunque en su variedad e internacionalismo forzado terminaba resignando personalidad.

Entre Rey Azúcar y Fabulosos Calavera pasaron solamente dos años y, sin embargo, parece haber cambiado mucho en la concepción estética de los Cadillacs. Hay un timonazo que podría haber fallado estrepitosamente, pero no. Ya no hay nenes bailando entre las balas ni épica del heroismo latino. De pronto, dejan de mirar a una América Latina que se les notaba ajena para redescubrir a una Buenos Aires tópica y atípica, de tangos violentos y niños sádicos, de diablos enamorados y  criminales, de incendios emocionales, amigos muertos e hijos pequeños que dan razones para vivir. Los Cadillacs construyen una ciudad caótica y mística, y se vuelven fabulosos porque narran fábulas, en el contexto de un rock argentino donde la fija era el realismo social antimenemista.

Tras la partida del guitarrista Aníbal Rigozzi en 1996 la banda decidió llamar a Ariel Minimal, que en aquel momento acababa de grabar Quemado, el segundo disco de Pez. El cambio de guitarrista era necesario para el nuevo sonido de la banda (la guitarra nunca había tenido un lugar preponderante en la música de los Cadillacs), pero eso no significa que la mutación estética haya sido su consecuencia. Minimal, guitarrista virtuoso y dúctil, era capaz de ir del hardcore al jazz en cuestión de segundos y, también, de pasar de un lugar relevante -sus solos son numerosos, aunque nunca extensos- a un lugar secundario o, en caso de ser necesario, directamente de desaparecer. Las composiciones siguen siendo en general del cantante Vicentico y el bajista Flavio Cianciarulo y parece ser justamente esa distribución más o menos diversa de las fuerzas (no hay un cantante/guitarrista/compositor principal en el noneto) la que hace que los Cadillacs salgan airosos a la hora de abarcar múltiples géneros -todos con necesidades diferentes-, incluso varios en una misma canción.

De hecho, otro elemento que distingue a Fabulosos Calavera de toda la discografía previa de la banda es que pocas canciones están atadas a un género específico. En el disco hay hardcore, metal, punk, jazz, tango, funk, salsa, balada, reggae e, incluso, una curiosa composición con aire a spaghetti western del baterista Fernando Ricciardi llamada “Howen”. Todo responde a una idea estética coherente yconciente. El resultado es un disco con una personalidad definida, donde la mezcla de géneros no da un resultado caótico, sin norte, como sí pasaba con el anterior Rey Azúcar.

Hijos de una generación musical festiva y libertaria nacida junto al regreso a la democracia de comienzos de los ochenta, fuertemente influenciada por la adaptación inglesa de géneros como el reggae o el ska, los Cadillacs alcanzaron un nivel de madurez mucho mayor al de sus contemporáneos. Este período de madurez, lirismo y juego también fue extremadamente breve y, en consecuencia, aislado y poco comprendido. El hecho de que algunos años después de la edición de La marcha... la banda se hubiera disuelto -y su regreso discográfico, en el año 2008, haya distado mucho de estar a la altura de las expectativas- hizo que ese díptico extraño de fines de los noventa quedara, de alguna forma, perdido en el tiempo. Y eso no se debe a que hayan sido discos oscuros o poco escuchados. Todo lo contrario: fueron grandes éxitos críticos y comerciales, con hits (“Calaveras y diablitos”, “Hoy lloré canción”, “La vida”, “Vos sabés”), giras internacionales, un premio Grammy y recitales en Argentina a estadio lleno.

El punto reside, creo, en que -amén de algunos pocos cantautores consagrados- hay entre el público de rock argentino cierta hostilidad hacia los artistas musicales vinculados al rock que aceptan su crecimiento personal con calma y honestidad. Por un lado, Fabulosos Calavera y La marcha... están repletos de referencias a la paternidad y las relaciones de pareja maduras (en canciones dedicadas a los hijos o letras sobre conformar una familia, pero también en cómo Vicentico usa una grabación de la voz de su hijo en “Niño diamante” o lo convierte en un personaje en “El muerto”). Por otra parte, esto no los convirtió en una banda suave o insípida. Si bien en el momento esta mezcla inusual fue vista con buenos ojos por parte de la crítica y por el público que venía siguiendo a la banda, con el correr del tiempo la comprensión fue disminuyendo. ¿Quiénes se creían que eran estos tipos para mezclar géneros rockeros con no rockeros, meter thrash metal y vientos en la misma canción, y hablar de Sabato, Piazzolla, fútbol y criar hijos de tres años? ¿Tomarse al satanismo con humor, imaginarse a esqueletos surfeando, escribir una balada romántica con título en broma (“C.J.”), componer tangos naturalistas y hacer videoclips parodiando a los Backstreet Boys? Demasiado, tal vez, para una sola banda. Peor aún: para un período breve en la historia de una banda que jamás, en sus doce años anteriores, había hecho algo parecido.

III

Escribimos canciones,

destruimos las canciones

Varios años después de la grabación del álbum, cuando los Cadillacs ya se habían separado y en la acelerada carrera de Minimal su paso por la banda era un recuerdo lejano, el guitarrista contó que el tercer disco de Pez (1998) era directo y urgente porque la grabación de Fabulosos Calavera lo había cansado de cortes extraños y complejidades rítmicas. Pez fue otra banda que descubrí comprando un disco (dos, en este caso: Convivencia sagrada y El sol detrás del sol) sin haber escuchado ni una sola canción. Fue durante el invierno del 2003; los Cadillacs se habían separado hacía poco más de un año.

Pez abrió una puerta que me llevó a conocer músicas nuevas y, pocos años después, estaba canjeando Fabulosos Calavera y La marcha... por vaya uno a saber qué álbumes importados en alguna disquería porteña. Con el correr del tiempo me reencontré con ambos discos. Gracias a internet, fue un trámite rápido y carente de fetichismo. Lo importante, sin embargo, es que en ese reencuentro hubo redescubrimiento y resignificación.

Aunque en la actualidad perdieron fuerza las disputas tribuneras que marcaron a gran parte del público rockero durante los ochenta y los noventa, la consagración de cierto rock hijo -o, a esta altura, nieto- del post-punk durante la última década (en esa categoría confusa llamada rock indie) dio lugar a muchísimas bandas con marcos estéticos estrechos y estáticos, capaces de grabar discos y discos y discos sin mixturar géneros ni expandir fronteras. Mitad profana de un díptico de opuestos (oscuridad/luz, caos/orden, mixtura/pureza), Fabulosos Calavera sigue siendo una rara avis en la historia del rock argentino; un disco que parece haber salido de ninguna parte y, como suele ocurrir en estos casos, tampoco parece haber dejado herencia.