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Los Espíritus - Agua Ardiente (2017)

Un nuevo álbum de estudio de Los Espíritus ha visto la luz el 1 de mayo. Tras Los Espíritus (2013) y Gratitud (2015), la banda liderada por Maxi Prietto en voz y guitarra acústica, y Santiago Moraes en voz y guitarra eléctrica, vuelve a la carga de la mano de “Agua Ardiente”. Además, vale decir que a este combo lo completan Miguel Mactas en en guitarra, Martín Fernández Batmalle en bajo, Fernando Barreyro en percusión, y Pipe Correa en batería; más el séptimo espíritu, Nacho Perotti, en producción general.

Grabado en estudio El Attic por Patricio Claypole, y producido artísticamente por la banda, Agua ardiente muestra al grupo en su esplendor artístico. Dentro de este contexto, cuando se habla de renovación en la escena actual del rock argentino, no es casual que casi siempre surja la invocación a Los Espíritus a modo de ejemplo.

Si en su disco debut homónimo irrumpieron con un góspel funk plagado de hits, y después en Gratitud profundizaron su búsqueda con una veta intimista y más bien folkie, ahora en “Agua Ardiente” Los Espíritus se reafirman a base de blues y rock psicodélico; con líricas tan naturales como sociales que afinan la implacable mirada compositiva del comandante Prietto.

La placa abre con “Huracanes”. Distensión a flor de piel al ritmo de un reggae machacante, naturaleza como puente discursivo hacia la libertad. La guitarra endiablada de Miguel Mactas forma una lava volcánica que hace arder nuestras almas. En esta sintonía, con un pulso santanesco en la viola, le sigue “Jugo”. Psicodelia popular, pinta para clásico del sexteto. Lujos que se permite una banda compacta, sólida, irrompible, que produce admiración por el trabajo grupal que implica conseguir semejante resultado.

A continuación, dos puntos altos que van elevando bien arriba la vara del disco: “Perdida en el fuego” y “La rueda que mueve al mundo”. La primera, una música incidental de película; espesa, desértica, dramática. Santi Moraes canta y cuenta de manera exquisita una historia de caza de brujas que se asemeja demasiado a la realidad. Un western blusero que pinta al patriarcado reinante. La segunda, en la misma senda, más bien social que natural, trata de un manifiesto anticapitalista que se torna inmenso por su cadencia musical adictiva. Blues barrial de frases ciertas y tajantes como: “Aunque los chicos se mueran en tu puerta, va a girar y girar”.

Promediando la mitad del álbum, “Esa luz”. Suave, armoniosa. Sabio mensaje suelto en la lírica. Comenzando lo que sería el lado B, “La mirada”. Situación urbana, secuencias inquietantes. Prietto, un trovador testigo, palpa la tensión social en la cotidianidad porteña del subte caro, el acoso callejero, o la incómoda relación empleado-jefe. Por su parte, “Mapa vacío” prosigue con las polaroid de locura ordinaria, bajo la batuta de Santiago Moraes. Swing.

Comenzando a emprender la recta final, “Las armas las carga el diablo”. Tono desanimado, aunque no abatido, contra todos los males de este mundo (políticos, policía, prensa amarilla). “Luna llena”, la penúltima. La calma en forma de balada, a dos voces con Santiago Moraes y Maximiliano Prietto. Y para el gran cierre gran, “El viento”. Se arma la ronda de palmas con un power espiritual. La temática naturalista redondea el círculo.

En efecto, Los Espíritus se (y nos) dan el gusto. La sensación que dejan es que se trata de un LP para escuchar de punta a punta, sin saltearse ningún tema ni obviar sus climas hipnóticos. Ofrecen su característico ritmo latino y bailable, brindando paisajes y conductas humanas. Y viendo más allá, si hablamos de rock como contracultura, el grupo se involucra en los tiempos que le toca vivir; aunque sin sobreactuación y utilizando bellas artes de tintes callejeros. Porque la forma también es importante.