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A Place to Bury Strangers - Transfixiation (2015)

No es para nada fácil capturar y enfrascar la esencia del show en vivo en un álbum de estudio. A Place to Bury Strangers lo logra en Transfixiation, su cuarto larga duración. Muy por encima del nivel de su antecesor, Worship (2012), los neoyorquinos obtienen un sonido que convive entre el shoegazing más de raíz y el post-punk moderno.

En retrospectiva, los tres años de parate creativo sirvieron para darle a los capitaneados por Oliver Ackermann una frescura corrosiva. Los tintes son similares al debut: guitarras ensordecedoras, cargadas de distorsión y efectos (mucho delay y reverb, quizá demasiado). Más de lo mismo, pero con otra maduración. Hay canciones asoladoras, como “Supermaster” y “Straight”, donde se vislumbra una suerte de faceta Joy Division siglo XXI.

Por otro lado, a pesar de la dinámica y energía del grupo, los instrumentos no logran entrelazarse totalmente generando una cohesión a lo largo de la placa, sino que se destacan en lo individual. Los mal llamados pasajes de transición, como “Love High”, tampoco ayudan demasiado, aunque le suman un tinte industrial destacable propio de NIN.

“What We Don’t See” y “We’ ve Come So Far” son los tracks indispensables con ecos de los Jesus and Mary Chain más noventosos, sobre todo de Munki (1998). El primero en pos de generar un ambiente espacial y en el segundo, que fue lanzado como sencillo acompañado de un video grabado en el legendario venue Death By Audio, fábrica industrial que funcionaba como reducto noise rock de Ackermann en Brooklyn, todo se torna mortecino y lúgubre.

Allí, en efecto, es cuando Transfixiation sale mejor parado. El clima se oscurece y, a su vez, suma lucidez. No es su mejor álbum, pero se entrevé la experiencia lograda a lo largo de su década de trayectoria. El camino para A Place to Bury Strangers está marcado, sólo resta que dejen al costado algunas temáticas monocordes y sepan transitarlo.