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El día que la música venció: Music Wins Fest en Tecnópolis

Se acabó lo que se daba en la temporada de festivales rockeros de 2016. Tecnópolis volvió a ser el centro de operaciones para la celebración popular más indie del año, el festival Music Wins que, tras un año de descanso, volvió a las tablas con su combinación de artistas clásicos -los dos de cierre, Air y Primal Scream-, visitas (in)esperadas -Brian Jonestown Massacre-, números que ya juegan de locales -Mac DeMarco- y otros que dan en la tecla si de nombres del momento se trata -Courtney Bartnett, La Femme-. Todo eso y un detalle: dos escenarios dedicados en exclusiva a bandas y solistas argentinos.

El ingreso deparó la primera y agradable sorpresa: contrario al festival BUE -que también tuvo lugar en el predio de Villa Martelli-, aquí se construyó un territorio amable que no convertía a los escenarios en compartimentos ajenos entre sí, sino que estos estaban dispuestos de a pares (los dos tablados con grupos nacionales apenas se ingresaba; los dos con el cartel internacional, al fondo a la derecha, uno al lado del otro). Así el público se ahorró traslados en exceso y la gigantesca plataforma dio una sensación de unidad: nunca se salía del todo del gran encuentro, todo estaba cerca. Primer punto a favor, entonces, la disposición espacial.

kurt vile

Arrancamos la velada sobre el final de Mild High Club y Santiago Motorizado -¡su escenario era un colectivo!-, justo para ver a Kurt Vile, visitante experimentado que trajo bajo el brazo B'lieve I'm goin down… (2015). A pesar de ser una mezcla andrógina y perfecta entre Janis Joplin y Luciano Napolitano (!), el sonido rústico y llano de Vile -y la consiguiente linealidad de su repertorio- no ayudó demasiado a contagiarle fervor a la tarde. Paradójicamente, su mejor momento como guitar-hero llegó a bordo de una guitarra acústica pedaleada, con su hit -entre comillas- “Walking on a pretty day”. Cuando parecía levantar los decibeles y por fin arrancar, su set se terminó. Aprobó con lo justo.

courtney barnett

Luego fue el turno de una de las artistas más esperadas del festival y, quizás, el número más certero hasta que se hizo la noche. La australiana Courtney Barnett traía su juventud y su único disco a la fecha, el ultraelogiado Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit (2015). Y sí, Courtney Melba -okey, se llama como una galletita- fue, vio y venció: mostró que puede vociferar desafiante como en el disco e incluso más, que aporrea su guitarra con maestría punk -y sin púa-, que tiene una parada envidiable en escena y que mejor no te atrevas a acusarla de hype porque te va a pasar por arriba. Superó la prueba con creces y sabiduría para construir el crescendo. Cuando terminó, la gente estaba encendida y no quería saber nada de finales ni de sentarse ni de pensar: quería seguir agitando. Pero la tríada “Pedestrian at Best”, “Kim's Caravan” y “Nobody Really Cares If You Don't Go to the Party” (furia-reflexión-furia) consumió toda la electricidad y el tiempo que quedaba. Alguno se quedó con ganas de más música… o de invitar a Barnett a una carrera cervezal en la que, por supuesto, habría dicho “basta para mí” mientras la dama pedía otra ronda.

A continuación, era hora de girar por los escenarios locales, donde primero Los Neptunos rasguearon su cancionero amable y lánguido ante la mirada de Walas y luego In Corp Sanctis desplegó un sonido acorde a la propuesta del festival, electro por dos: de electrónico y de eléctrico. La comparación resulta inevitable tras verlos y escuchar su discoLibres van: si el combo incluye citas a la psicodelia, pasajes ensoñados sostenidos por sintetizadores, eco en la voz y momentos bailables, resonará Tame Impala. Como resuena en otro grupo que sintoniza con el pop global y lamentamos no haber llegado a ver: los cordobeses Telescopios. Deberían armar una fecha juntos, si es que ya no lo hicieron.

bjm

El siguiente número llegó con obstáculos. De vuelta a los escenarios mayores, la idea era continuar sumergidos en aquella neblina psicodélica y profundizar la equidistancia entre canción, clasicismo rockero con anclaje en los sesentas y leves ornamentaciones electrónicas. O sea, ver a Brian Jonestown Massacre. Pero… en medio hubo otra idea que tomó más tiempo del esperado (demasiado) y nos hizo perder casi por completo el show de los californianos.

¿Qué pasó? Beber cerveza en un festival: qué bien. Tener que hacer cola para que te den un token (eufemismo de un pedazo de cartón que se intercambia por dinero y funciona como tal, a la manera de los infames lollatickets); de esa cola ir a otra por un ecovaso (eufemismo de vaso de plástico) y recién ahí, someterse a la espera del ansiado vaso de cerveza tirada que tardará una eternidad en ser entregado: qué mal. El sistema también aplica para la comida, por lo que el combo se convierte en el adiós -escuchar desde lejos no es lo mismo- al que sería uno de los momentos más altos de toda la jornada y el puente ideal para lo que llegaría al rato: Primal Scream. Punto en contra no solo del Music Wins, sino de todos los festivales que hubo este año (y probablemente, en los anteriores).

mac demarco

De todas maneras, el puente entre yanquis y británicos tuvo otro obstáculo, éste con nombre y apellido: Vernon Winfield McBriare Smith IV, mejor conocido como Mac DeMarco. La decisión de ubicar su presentación entre la de los artistas mencionados resultó lógica por convocatoria y no tanto por contenido. Apenas asoma, DeMarco es ovacionado. Todo lo que dice es retribuido con el aplauso popular: juega con la gente, cantan a dúo el feliz cumpleaños (!), hace chistes varios de los que todos ríen. Pero la música parece ser un invitado y no la agasajada de la fiesta. Entonces, el show se fragmenta a la vez que se hace eterno. Tampoco contribuye su estilo edulcorado, al que denomina jizz-jazz pero bien podría ser rebautizado como nifú-nifá. La “zapada” final resulta el corolario de, como decirlo sin sonar agresivo… el show más flojo de todo el festival.

Llegaba el momento para los dos números más convocantes y más añejos del cartel, Primal Scream y Air. Ambos grupos ya habían estado en el país con resultados diametralmente opuestos: la última visita de los de Bobby Gillespie resultó vapuleada por la crítica; en tanto, Air fueron beatificados tras su única presentación porteña en 2010, en el marco del Festival Ecológico.

Sería tiempo de revancha para los escoceses, primeros en salir a escena. Decidieron abrir su show nada menos que con “Movin’ on up”, tal vez la pieza más conocida de su repertorio. La otra sorpresa estuvo en la adaptación rockera del asunto: el gospel cósmico estaba seteado porque el grupo trajo su formación reducida. Entonces -aunque suene a jueguito de palabras-, Primal Scream apeló a pelar. Y le salió bien, muy bien.

Buena parte de la hazaña le corresponde al cantante. Inclusive con la voz resquebrajada -los años no vienen solos, doctor, diría Gori de Fantasmagoria-, es un frontman que lo construye todo desde su actitud de dandy sarpado. Como aquellos futbolistas que perdieron velocidad pero conservan las mañas, Gillespie se mueve en un cuadrado, una porción mínima del campo de juego. Pero es difícil quitarle los ojos de encima (la comparación con Jagger es tan redundante como inevitable… ¡aunque Mick se mueve mucho más!). Además, sus laderos acompañan con mucha actitud y solvencia: Andrew Innes es el sostén sonoro de Primal Scream, al menos en el vivo, donde todo parece emerger desde su guitarra punzante. La base de Darrin Mooney y Simone Butler -alguien por ahí osó comparar su actitud con la de una agente de la KGB y… puede ser- hace un trabajo menos visible pero aguanta todo y triunfa en los momentos donde la pericia stone cede paso al groove de discoteca. Buena parte del show se mueve entre esas dos facetas, a excepción de la balada Damaged, con Vile como invitado en las seis cuerdas.

Todo terminó con Gillespie arengando al público para que acompañara el coro de “Loaded” -con éxito- inclusive cuando el tema ya había terminado. (Luego repitió la escena con un fragmento de “Country girl”, sin tanto éxito: no es lo mismo un oh-oh-oh que una letra, Bobby). Las bondades del show fueron las suficientes como para que sonara la misma cantidad de piezas de Screamadelica y Chaosmosis, el disco símbolo y el último, sin que nadie osara quejarse por ello. Un mérito del grupo, que consumó la victoria sonora -el sonido, otro punto alto del festival: fuerte y claro- con “Rocks”, otra vez acompañado por Kurt Vile, y dejó afuera “Come together”, caballito de batalla. No hacía falta: la guerra estaba ganada.

Apenas se esfumó el último acorde de Primal Scream, llegó el turno de Air. El dúo francés la tenía difícil tras el show atrevido y agitador que les precedió. Además, un espacio de estas dimensiones podía llegar a perturbar la visual de campiña computarizada que Nicolas Godin, Jean-Benoit Dunckel y sus coequipers construyen con su música, ese catálogo variopinto de notas tenidas y susurros vaporosos.

Y algo de eso sucedió en los climas más oníricos y piano, en particular con los temas instrumentales. Si ellos mismos han reconocido más de una vez que cuando se presentan al aire libre“se corta el clima de intimidad" que su envolvente extensiva genera, resultó lógico que el efecto fuera distinto cuando sonó “High school lover” que al momento de “Remember” o “Alpha Beta Gaga”. Éstas levantaron a la gente a base de artilugios robóticos cortesía del vocoder, silbidos celestiales y… beats un poco más acelerados que el promedio.

Así y todo, y aunque podría haberse invertido el orden de cierre en el último par de bandas, pareció una decisión certera de la organización, al menos lógica por peso específico del artista y por la apuesta misma del festival: un cartel distintivo y original que no redunda en obviedades.

Que Air cierre con tres temas de Moon safari en la noche de superluna fue una casualidad astral. Que el Music Wins empiece a convertirse en un festival infaltable en el calendario rockero quizá no lo sea tanto.

Fotos por Festival Music Wins / Matías Casal