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Yo vengo a ofrecer mi desazón: Cat Power en Niceto Club

Cat Power levanta su dedo índice. Otra vez. Y otra, y otra, y otra vez. No está dedicándole un gol a ningún pariente ni agradeciendo al cielo el pan nuestro de cada día. Es, apenas, uno de los gestos que marcaron la noche del jueves 23 de febrero en Niceto Club: una cantora sola en las tablas, inquieta, dando la seña clásica al sonidista para que éste suba el volumen de su micrófono.

En su quinta presentación en nuestro país, Chan Marshall presentó un concierto íntimo, tan amable como peligroso para su habitual postura ante cada show. La estadounidense es conocida por su inusitada fragilidad en escena, esa mueca entre tímida y nerviosa que indudablemente hace parte de su encanto (la gacetilla la presentaba como “la inestable y seductora Cat Power”, y es cierto). El formato a su aire, como llaman los españoles a los shows donde un músico se acompaña en solitario, resultaba aún más extraño al tener lugar en Niceto, un antro de humo, latas de cerveza que se tiran al suelo y por ende, se pisan -y suenan-, gente que habla fuerte (¿para qué van?) y ventilación que, también, se siente (en los oídos, porque ante semejantes temperaturas en Buenos Aires, pareció existir sólo como un zumbido de fondo).

Marshall asomó sonriente y luminosa -resulta difícil no mencionar su belleza: qué linda es, viejo- para encarar la primera parte del show. El gestito del dedo arriba no tardó en llegar. Los nervios, tampoco. Parecía incómoda con la guitarra y abandonó pronto las seis cuerdas para pasar -en una maniobra muy graciosa, uno de sus pocos movimientos divertidos de la noche- al piano. Pero su performance sentada no cambió su humor: más allá de la discusión -válida- sobre el recinto elegido, Cat lo estaba haciendo bien pero sentía lo contrario. El público se repartía entre el aliento tímido y el murmullo que, al parecer, resultaba un inconveniente para los rezagados del fondo que habían ido a escuchar y no a charlar de su vida con el de al lado. Dicho en castellano: la mitad de atrás se la pasó a las puteadas.

Así las cosas, entre versiones recortadas, inconclusas o de final tímido, la mencionada inestabilidad de la cantante no tardó en confundir a los presentes. En el medio, alguna versión destacada al piano, con ese toque tan rudimentario que es Power marca registrada: “Names” fue devastadora y sonó tan triste como el rostro de Cat ante nuestros ojos (cómo hacer para que no sea devastadora una canción que narra vejaciones varias a niños y preadolescentes...). “The greatest”, una de las pocas canciones que la gente reconoció al instante, resultó otra muestra de canto angustiado y profundizó una tendencia de la noche: deformar, algo, poquito o mucho, las melodías.

Pero la inquietud de Chan no cesaba y era palpable. Cortaba las canciones, susurraba alguna frase que no terminaba de entenderse del todo bien -aunque su gesto parecía indicar algo así como “disculpen, mejor paso a otra, ésta es un bajón”-, no dejaba espacio entre una ejecución y la siguiente, se quebraba, pedía perdón, se detenía para mover el micrófono (ese maldito enemigo). En tanto, los chillidos del público ganaban lugar y conspiraban contra la ejecución plaqué de casi todas las versiones al piano (una de las pocas excepciones fue su revisión de “What the world needs now is love”, el clásico escrito por Hal David y Burt Bacharach que también retomó otro ícono indie, Daniel Johnston).

La última parte del show la tuvo a Cat nuevamente en la guitarra y fue, quizás, lo mejor de todo el set. Las buenas versiones de “The moon” -entre acorde y acorde Power dejaba, más que una luna, un océano de separación- y “Great expectations” -Cobainer than Cobain-, sumado a un tema nuevo de largo aliento country -ese tipo de canciones de una sola parte que van y van, en un fluir que se torna hondo e infinito- arpegiado con un desgano encantador, percusivo y monocorde por la dama, le dieron al show un golpe de suerte necesario: la buena impresión del final.

La despedida no fue menos emotiva: Charlyn Marshall saludó con su habitual retraimiento y el público le devolvió un aplauso extendido, una ovación que superó el minuto de duración. Fue entonces cuando Chan terminó por quebrarse del todo y, aún con la guitarra colgada, ofreció un show de señas indescriptible, visiblemente emocionada y sobrepasada por semejante aclamación. Ya era libre y, al final, fue una victoria pírrica contra sí misma.

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